De poca gente me fio a la
hora de hacer caso a las recomendaciones de libros, pero cuando alguien que
conoce los libros, que conoce lo que importa, que disfruta y saborea y es feliz
con sus historias y a la vez me conoce, conoce mis historias, conoce mis
gustos, me regala un libro… no puede caer en balde.
“Demostración de la existencia de
Dios”, “Tabaco y negro”, “El capitán de la fila india”, “Receta de
verano y “Mozart,
y Brahms, y Corelli” son los cinco relatos que forman “Estaciones de
paso” de Almudena Grandes.
Cinco relatos protagonizados por cinco adolescentes que, a través de pretextos
como el futbol, cocina, política…. desgrana el quebradizo paso de cualquier
persona por esta etapa de la vida. Ya
sea a través de los conflictos familiares, de las dolorosas vivencias amorosas,
de la incomprensión ante las situaciones injustas, del intento de búsqueda de
uno mismo, Almudena Grandes ahonda de una forma espectacular en los
sentimientos y actitudes de sus personajes ya no solo por la forma en que los
describe si no por la enorme dificultad que tiene al tratarse de como hemos
dicho un momento en la que es difícil vivirlos y mucho más poder explicaros,
expresarlos y hacerlos sentir de nuevo como hace ella con el lector.
Tanto me ha impresionado la forma en que está escrito que estoy segura de
que si le diéramos este libro a cualquier persona y no le dijéramos quien es la
autora podría pensar que se trata de un recopilatorio de relatos cortos escrito
por jóvenes.
Su facilidad, sencillez y dinamismo unido a lo anteriormente dicho hacen
que sea un libro totalmente recomendable para pasar un buen rato, recordar
sensaciones olvidadas y una punzada de añoranza de la inocencia y de porque no,
ese “descoloque” que se vive en el proceso de hacerte adulto.
Gracias especiales a la persona que puso en mi camino “Estaciones de paso”
entre otras muchas historias literarias y reales.1
Mis fragmentos favoritos
“No se puede añorar lo que no se conoce, pero
aquello debía de ser algo tibio y dulce, anaranjado y tierno, tan suave y
nuboso como una larga convalecencia con la complicidad de unas décimas de
fiebre. No se puede sucumbir a la nostalgia de lo que aun no ha comenzado […]”.
""Cuando él dio un paso hacia mí,
mis pies le respondieron acordando la distancia en la misma medida. .Cuando
extendió los brazos hasta posarlos en mis hombros, mis manos dejaron caer el
recetario al suelo. Cuando colocó el brazo derecho a la altura de mis omóplatos
y rodeó mi cintura con el izquierdo mis dedos ya se estaban tocando detrás de
su nuca. Cuando me beso, le besé, y el mundo se hizo líquido, caliente,
pequeño, tenía l piel áspera, la lengua dulce, todo era áspero y dulce, y cabía
en la frontera simétrica de nuestros labrios pegados, que se despegaban a veces
y se volvían a pegar para encontrar otro sabor que era fresco y a la vez ardía,
y yo nunca había besado a nadie así, nunca había sentido esa necesidad
implacable de besar y de besar más, de seguir besando, como si me jugara la
vida al borde de la boca, cómo si más allá del cuerpo que abrazaba no existiera
nada, cómo si los brazos que me estrechaban me protegieran de un vacío negro y
compacto que condicionaba la fuerza de mis propios brazos. La intimidad tenía
un sonido, pero también un tacto, y un gusto especiado, goloso, tan placentero
como ningún sabor".
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